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Rogelio Pozo, experto en geopolítica alimentaria, CEO de AZTI y director del congreso Food 4 Future World Summit.

Rogelio Pozo, experto en geopolítica alimentaria: “En un mundo inestable, los compradores priorizarán proveedores fiables”

Por Miriam PérezDirectora del área Cárnica
“Sin alimentos no hay sociedad posible”. Esa es la advertencia que hoy resuena más fuerte que nunca en la industria cárnica. La alimentación ha dejado de ser un tema sectorial para convertirse en un eje estratégico global, y en un contexto de tensiones geopolíticas, precios volátiles y regulaciones crecientes, la eficiencia ya no es suficiente. Ahora, sobrevivir y crecer exige resiliencia, visión y capacidad de anticipación.

En esta conversación, Rogelio Pozo, experto en geopolítica alimentaria, CEO de AZTI y director del congreso Food 4 Future World Summit, ofrece un mapa claro de los desafíos que enfrenta el sector cárnico español. Desde el encarecimiento de piensos y energía hasta los riesgos sanitarios y el proteccionismo, Pozo explica cómo las fuerzas globales están reconfigurando el mercado de la carne y qué oportunidades se abren para quienes sepan adaptarse a tiempo.

Pregunta. Estamos viendo conflictos, tensiones comerciales y guerras de materias primas… La alimentación como nuevo ‘petróleo’: ¿metáfora o realidad en 2025?

Respuesta. La metáfora es cada vez más precisa, aunque con una diferencia clave: el petróleo puede sustituirse; los alimentos, no. Y eso cambia completamente la lógica.

Estamos en un punto de inflexión. La población mundial se acercará a los 10.000 millones de personas y necesitaremos producir cerca de un 70 % más de alimentos con menos recursos disponibles. A esto se suma el impacto del cambio climático, que ya está afectando directamente a la producción y a los precios, y una geopolítica que ha vuelto a situar el control de los alimentos en el centro de la estrategia de los Estados.

Las materias primas agrícolas han dejado de ser commodities anónimas para convertirse en activos estratégicos. Países y grandes actores están asegurando tierras, controlando cadenas de suministro y gestionando inputs críticos como semillas, fertilizantes o agua, replicando lo que ocurrió con la energía décadas atrás.

Para el sector cárnico español esto es muy tangible. Se traduce en el precio del maíz, la soja o los fertilizantes, y en una volatilidad creciente de una cadena de suministro que antes parecía estable. Hoy, la previsibilidad ha desaparecido.

P. ¿Qué conflicto o tensión global le preocupa más ahora mismo al sector cárnico español: Ucrania, Oriente Medio, China… o hay otro del que no estamos hablando?

R. Más que un conflicto concreto, lo que preocupa es la acumulación de tensiones que hacen el sistema más frágil. Aun así, hay dos ejes especialmente relevantes.

El primero es la guerra en Ucrania. Su impacto ha sido estructural. Ucrania era uno de los grandes proveedores de cereales y aceites vegetales, y su interrupción evidenció la dependencia global de determinados territorios. El encarecimiento de materias primas no fue un episodio puntual, sino una señal de vulnerabilidad sistémica. De hecho, los precios de los piensos siguen sin volver a niveles previos a 2022.

El segundo eje es China. Es el mayor consumidor y productor de carne del mundo, pero tiene limitaciones estructurales en agua y tierra. Eso la convierte en un actor determinante en los mercados globales. Cuando China entra a comprar, los precios internacionales reaccionan de forma inmediata.

A esto se suman otros factores: la concentración de fertilizantes en pocos países, las tensiones en rutas marítimas
clave o la reconfiguración de las cadenas de suministro tras la pandemia. El resultado es un entorno donde la volatilidad ya es estructural.

P. Más allá de titulares, ¿dónde está el golpe real para la industria cárnica: costes de pienso, exportaciones de carne o acceso a materias primas?

R. El golpe más profundo está en la combinación de piensos y energía, y eso es lo que hace este momento especialmente complejo.

Los piensos son el principal coste de producción. Producir carne implica transformar proteína vegetal en proteína animal, un proceso intensivo en recursos. Cuando suben simultáneamente el maíz, la soja o los fertilizantes, el impacto es directo y muy difícil de absorber.

A eso se suma la energía. El procesado, la refrigeración y la logística dependen de un consumo energético elevado. En Europa, los costes energéticos se dispararon en los últimos años y, aunque se han moderado, siguen en niveles estructuralmente más altos que antes. Esto genera un claro “efecto tijera”: suben los costes por ambos lados mientras los márgenes se comprimen, porque el consumidor es sensible al precio y la distribución ejerce presión. Ese es el escenario real del sector.

La exportación sigue siendo una oportunidad para España, porque es competitiva. Pero esa competitividad depende cada vez más de factores externos que no controla.

P. ¿Qué peso tiene el riesgo sanitario animal en la ecuación de costes y mercados?

R. Es uno de los riesgos más subestimados y puede ser devastador en el corto plazo. No solo genera costes, sino que puede borrar años de trabajo en mercados internacionales.

La influenza aviar ha tenido un impacto muy fuerte en Europa, obligando a sacrificios masivos y generando tensiones en la oferta. El coste no es sólo directo, sino también en términos de contratos perdidos y reputación.

La peste porcina africana añade una amenaza crítica. España mantiene un estatus sanitario clave para su exportación. Si ese estatus se viera comprometido, las consecuencias serían muy graves, especialmente para el porcino.

Además, hay un factor clave: el acceso a mercados. Países como Japón, Filipinas o México valoran la estabilidad del suministro. Un brote puede provocar cierres inmediatos difíciles de revertir. Abrir mercados lleva años; perderlos puede llevar semanas.

Por eso, la gestión del riesgo sanitario debe ir más allá de la bioseguridad: implica trazabilidad, comunicación y capacidad de anticipación.

P. España es potencia cárnica, pero… ¿somos fuertes o vulnerables en este tablero global?

R. Es ambas cosas. España es una potencia exportadora con una industria eficiente y muy orientada al mercado. El sector porcino, en particular, es altamente competitivo. Pero también existe una dependencia importante de insumos externos. España importa gran parte de las materias primas para piensos y depende energéticamente del exterior. En un contexto de soberanía alimentaria, eso supone un riesgo.

La industria ya está reaccionando, incorporando proteínas alternativas y avanzando en digitalización, pero todavía queda recorrido. La transformación está en marcha, pero no está completada.

P. ¿Estamos entrando en un escenario de proteccionismo alimentario que podría afectar a la exportación de carne española?

R. Sí, aunque muchas veces no se llame así. Estamos entrando en una fase de soberanía alimentaria que funciona como proteccionismo.

Cada vez más países priorizan el abastecimiento interno, lo que se traduce en restricciones, barreras sanitarias o acuerdos comerciales estratégicos. Para España, esto puede dificultar el acceso a mercados clave.

Además, competidores como Brasil tienen ventajas estructurales de costes y están consolidando acuerdos preferenciales con grandes mercados. Si a eso se suma una menor exigencia regulatoria, la brecha competitiva se amplía.

La Unión Europea impone estándares elevados que incrementan costes, pero esos estándares no siempre se traducen en mayor precio en el mercado. Esa asimetría es uno de los grandes retos.

P. El consumidor quiere origen, confianza y Km0… pero no pagar más. ¿Cómo se gestiona esa paradoja?

R. Es una de las tensiones más complejas. El consumidor valora la trazabilidad y el origen, pero el precio sigue siendo decisivo.

No es una contradicción, es economía del comportamiento. En un contexto de presión sobre el presupuesto, el precio
manda. Por eso, no es realista trasladar al consumidor toda la diferencia de costes. La respuesta pasa por diferenciar el
producto, mejorar la visibilidad en el punto de venta, impulsar certificaciones y utilizar tecnología para reducir el coste de la trazabilidad.

El objetivo es hacer que elegir productos locales y de calidad sea más fácil, más visible y más accesible.

P. Si tuvieras que dar un consejo a una empresa cárnica española hoy: ¿qué decisión estratégica debería tomar ya para no quedarse fuera en 3 años?

R. La clave es construir resiliencia sin perder el foco en el valor del producto.

Eso implica actuar en cuatro frentes. Primero, eficiencia operativa en costes como energía o materias primas. Segundo, diversificación del portafolio con criterio. Tercero, digitalización para anticipar riesgos y optimizar la cadena. Y cuarto, transparencia como activo competitivo.

Las empresas que puedan demostrar cómo producen, con qué impacto y bajo qué estándares, tendrán ventaja. La confianza ya no es un elemento reputacional: es un factor de negocio.

Y lo importante es que estas decisiones no son a largo plazo. Se están tomando ahora. El futuro del sector se está definiendo en cada inversión y en cada decisión estratégica que se adopta hoy.

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