Esta semana, de la mano de Carpisa, Cárnica viaja hasta Almazán (Soria), un pueblo soriano fortificado con murallas medievales del siglo XII y donde resiste el oficio de la carnicería tradicional. Allí trabaja Teodoro Iglesias, quinta generación de una familia que comenzó su recorrido profesional como tratantes de ganado en Zamora y que, con el paso del tiempo, terminó encontrando su lugar entre mostradores en Soria.
Actualmente dirige la Carnicería El Zamorano, el negocio que ha ocupado el primer puesto del podio en el ranking de la provincia de Soria. Un negocio que nació con su abuelo, también Teodoro, procedente de Toro (Zamora) que se quedó en la localidad soriana “por amor”, y que siguió con su padre, que lleva el mismo nombre. Tres generaciones de ‘Teodoros’ han mantenido vivo un negocio que, según él, es “el esfuerzo y sacrificio de una familia entera”.

Un oficio heredado… que terminó siendo una vocación
Aunque creció con el oficio en casa, no tenía claro que el ser carnicero fuese su futuro. Trabajó en otros lugares antes de incorporarse definitivamente al negocio familiar. Sin embargo, el destino le sorprendió: “Lo que menos pensaba que iba a hacer es lo que más me ha gustado”, confiesa.
Lleva seis años al frente de la carnicería, abierta desde 1990, “he aprendido todo de mis padres”. Pero la historia del negocio cuenta mucho más: 21 años de trabajo ininterrumpido, una cifra que resume, según el mismo Teodoro, “el esfuerzo de una familia que siempre ha trabajado de lunes a sábado, e incluso los domingos por la mañana en tiempos de mis padres”. Recuerda, además, que sin la dedicación de su tío materno Jenaro nada de lo que es ahora la carnicería sería posible.
Productos 100% naturales y elaboraciones caseras
La identidad del negocio está clara: producto natural y elaboración propia. Embutidos caseros, morcillas, adobos, una variedad amplia de hamburguesas y carne seleccionada de cordero, cabrito y ternera. También han integrado platos preparados “para calentar”, que facilitan la vida al cliente sin perder la calidad que caracteriza a su producto. “Es un producto delicado, por eso está tan bueno y por eso es distinto”, afirma.

No tiene un producto estrella, “todos nuestros productos están buenos”. Hace énfasis en que son caseros y en la morcilla que “la vende mucho”.

Esta apuesta por lo natural se ha ganado la confianza de una clientela fiel, que no solo compra en tienda. Muchos clientes que veranean en el pueblo siguen realizando pedidos todas las semanas desde Madrid, Cataluña, País Vasco o Levante. No tienen web ni tienda online porque no quieren crecer más, pero sí envíos a domicilio constantes a quienes ya conocen la calidad de sus productos.
Reconocimiento online y orgullo
Entre los logros familiares destaca un galardón a nivel nacional: La madre de Teodoro obtuvo el segundo premio de España en un concurso de morcilla, en la categoría de arroz, sangre y cebolla estilo burgalés.

Las reseñas online también hablan por sí solas: destacan su simpatía, su buen trato y su capacidad para atender a varias personas a la vez. “Multifunción total”, nos cuenta entre risas. “Me ha costado muchos años llegar a ese nivel”.
Pese a ese legado familiar que sigue la carnicería, él no presiona a sus hijos para continuar la tradición. “De momento seguimos las tres generaciones de los Teodoro”, comenta con humor.
“Cuesta mucho ganar a un cliente y en un segundo lo pierdes”
En un mundo que nos exige crecer sin parar, Teodoro tiene clara su postura: “No quiero más. Me da para todo: para mantener a la familia, pagar la casa, viajar… lo demás son ansias vivas.”
Cuenta que expandir el negocio implicaría menos calidad de vida y una pérdida de atención al cliente. Para él, la calidad no se negocia, y reconoce que “el contacto directo y personal es fundamental para mantener la esencia de su carnicería”.

“Cuesta mucho ganar a un cliente y en un segundo lo pierdes”, recuerda una frase de su madre que sigue aplicando a su trabajo diario. Su carnicería tiene tres trabajadores, “Somos dos chicas y yo”, sus dos compañeras y Teodoro”.
“El alma de los pueblos está en los negocios pequeños“
Cuando habla del papel de las carnicerías en la vida rural, Teodoro lo resume de manera clara: “Muchas veces el alma de los pueblos está en los negocios pequeños.”
Para él, la competencia no es enemiga sino un aliado. Mantiene buena relación con otras carnicerías, se prestan material cuando hace falta y se apoyan mutuamente. “Lo que tú generas es lo que al final tienes alrededor.” Y muy orgulloso nos habla del nivel que hay en Almazán, pues son tres las carnicerías que han aparecido en el ranking de las mejor valoradas.

Un equilibrio aprendido con los años
Teodoro ha aprendido a relativizar y a gestionar el estrés. “Cuando estoy muy estresado me da por sonreír. Es mejor eso que ponerme a dar golpes.”
También ha aprendido a vivir: a planear escapadas con amigos, con la familia y a recordar que no todo es trabajo. “Al final hay que ir más a lo vivido.”
Un legado que resiste, que inspira
La historia de El Zamorano es la de un oficio que nació en los mercados de ganado, con manos que han aprendido a cortar de generación en generación y con un compromiso con el cliente que hoy se valora más que nunca.
En palabras del propio Teodoro: “En la sencillez está la fuerza.”
















