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¡No tiremos la comida a la basura!

Por Javier Domínguez

Voy a comenzar con un dato que al menos a mí me da escalofríos: a nivel mundial, según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), un tercio de todos los alimentos producidos se pierden o se desperdician. ¡La comida a la basura!

Comida a la basura.

Según un estudio realizado por la Comisión Europea, en nuestro entorno, en los países miembros de la Unión Europea desperdiciamos al año unos 88 millones de toneladas de alimentos:

  • En la fase de producción se desperdicia el 11%.
  • En la fase de procesado el 19%.
  • En los supermercados y a nivel de minorista el 5%.
  • En restaurantes y ‘catering’ el 12%.
  • Y que pasa con el 53% restante ¡más de la mitad del total! Pues sí, es lo que estás pensando…, el 53% de los alimentos lo tiramos a la basura los ciudadanos en nuestros hogares.

Aunque yo sí que puedo decir bien alto que no soy uno de ellos. No sé si el motivo es cómo me educaron mis padres, pero me “duele” tirar comida a la basura. Me parece un gesto insolidario, un desprecio a la naturaleza y al trabajo y esfuerzo de los que han hecho posible que esos alimentos lleguen a mi frigorífico, y además muy tonto.

En el Reino Unido si solo se consideran las perdidas después de su producción en el campo o por la ganadería, del total desperdiciado, el 71% es en el hogar, seguido por un 17% durante el procesado de alimentos y un 2% en tiendas o supermercados.

Este desperdicio no es solo una cuestión ética o económica, es un problema medioambiental. Y no lo es por esas toneladas de alimentos y sus embalajes que hay que llevar a vertederos, con suerte hay que compostar o reciclar, sino por todos los insumos que hacen falta: en el caso de los alimentos de origen animal hay que transformar material vegetal o pienso en proteína animal, de por si un proceso no muy eficiente, horas de duro trabajo, consumo de agua, de energía…

Un estudio del Parlamento Británico estimaba que en el Reino Unido el desperdicio de alimentos genera 20 toneladas de gases de efecto invernadero.

Usemos como ejemplo el agua, tan esencial que se utiliza para prácticamente todo y un bien cada vez más escaso. Como en todo lo que nos gusta, incluidos los alimentos, hay una huella hídrica. Así, para producir 1 kilo de pollo hacen falta casi 4.000 litros de agua. Y en el caso de 1 kilo de vacuno la cifra se dispara hasta casi 14.000 litros.

Ante este panorama, la Unión Europea ha puesto en marcha medidas para atajar y reducir el desperdicio de alimentos:

  • Armonizar y medir mejor el desperdicio.
  • Clarificar fechas de consumo preferente o de caducidad para que los consumidores no tiremos a la basura productos que aún se pueden consumir sin poner en peligro nuestra salud.
  • Intentar reconducir alimentos que ya no se destinen al consumo humano para la elaboración de piensos.

¿Quién no recuerda los comentarios del que fuera ministro de agricultura español y ahora Comisario europeo de la energía y el clima, Miguel Arias Cañete, afirmando que el consumo preferente de algunos alimentos tiene un margen de seguridad muy alto, y apuntando que él veía un yogur en una nevera y que ponga la fecha que quiera que él se lo iba a comer?

Todos tenemos que ser responsables y se puede hacer más. En el Reino Unido hace 20 años que los supermercados empezaron a reducir el precio de los productos por pronta caducidad, en España ya es frecuente ver esta práctica. En el Reino Unido algunas cadenas de catering ‘take away’, todos los días unas horas antes del cierre, reducen el precio de sus productos entre el 30 y el 50% para asegurarse que todo lo que se ha preparado como bocadillos, ensaladas, etc., pueda venderse por un margen más pequeño antes de tirarlo al contenedor de basura.

De cualquier modo, yo soy de la opinión como en otros muchos casos, que siendo en el hogar donde se tira más comida a la basura (el 53% de los alimentos), si queremos reducir el desperdicio, el margen de actuación a través de políticas públicas es pequeño, a no ser que se destinen a concienciación de los ciudadanos. Somos los ciudadanos los que debemos ser más responsables. Menos echarle la culpa de todo a otros actores de la cadena alimentaria, que sí, que también tienen que tomar acciones como he descrito ya. Además, hoy en día en casi todos los hogares hay un electrodoméstico que se llama congelador, que suele ir unido a al frigorífico, y que es muy útil para almacenar esos alimentos que vemos que no se van a consumir antes de que comiencen a deteriorarse. Eso sí, asegurándose que cuando se vayan a consumir se descongelan de una manera segura.

De nada vale que se nos llene la boca de ecologismo y después llenar la basura de alimentos que en muchos casos están aun con su embalaje intacto. Así que ¡Hala, a ponerse manos a la obra!, a reducir el desperdicio, ahorrando dinero y defendiendo de verdad los recursos naturales.

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